miércoles, 23 de junio de 2010

La Poesía y la Pobreza

LA POESIA Y LA POBREZA‏

Texto enviado por nuestro amigo Basilio Belliard

Autoría de Alberto Blanco

Hablar de poesía y pobreza es hablar, en realidad, de muchos tópicos relacionados, diferenciados, y hasta independientes. ¿Por qué? Porque al hablar de este tema tal vez lo primero que muchos podrían pensar sería en la relación bastante común y persistente que se puede observar, aquí y en todas partes, entre un enorme número de poetas y su más que evidente falta de medios, ya no digamos para prosperar mediante el desempeño de esta actividad, o para vivir dignamente de su “producto”, sino para sobrevivir. Desde luego que en esta primera acepción de la pobreza de la poesía va implícita la idea de que la poesía es, o puede ser, o debiera ser, un oficio. Un oficio tan real y verdadero, tan válido y necesario como cualquier otro.

Sin embargo la idea -a estas alturas curiosa o extravagante- de que un poeta es más o menos el equivalente de un panadero, de un herrero o de un carpintero, sólo que en lugar de ser un hombre que trabaja con la harina, con el hierro o con la madera, es un hombre que trabaja con palabras, es un poco difícil de digerir. En todo caso, lo es para una sociedad moderna, contemporánea, que cree a pie juntillas en la división del trabajo que ha dejado a las “bellas artes” aisladas en un limbo del que no atina a salir desde hace mucho tiempo. Un coto de caza privado. Un espacio donde lo único que se le pide al artista es que produzca objetos tan bellos como inútiles, y donde al poeta se le pide que escriba inútil, pero conmovedoramente. Un coto privado, sí, pero privado de sentido social, de razón de ser y, por supuesto, de los medios adecuados para sobrevivir.

Y es que, entre otras cuestiones, hay que tener presente que la poesía, a diferencia de la panadería, la herrería o la carpintería, no es simplemente un oficio. Un carpintero puede decidirse a construir una mesa de acuerdo a ciertas especificaciones y saber de antemano que sus resultados coincidirán con los planes previos; pero ningún poeta puede saber cómo será su poema hasta el momento de haberlo terminado. ¿Quién en nuestros tiempos -”malos tiempos para la lírica” como decía Bertolt Brecht- estaría dispuesto a reconocer como un oficio una actividad donde no se sabe cuáles van a ser los resultados del trabajo hecho, si es que puede considerarse esto un trabajo? He aquí una segunda dimensión de la pobreza, a la vez que de la dignidad, de la capacidad de búsqueda y de riesgo, y de la radical extrañeza de la poesía.

Una tercera modalidad de la pobreza de la poesía tiene que ver con lo poco -o casi nada- que se lee poesía en nuestra sociedad y en nuestro tiempo. Es evidente que esta tercera forma de ver la pobreza de la poesía está íntimamente relacionada con las dos primeras. Más aún: se podría pensar que las condiciona. Sin embargo tendríamos que preguntarnos si esto es del todo cierto. De obtener una respuesta afirmativa, tendríamos que preguntarnos entonces, ¿por qué es así?
¿Será un asunto meramente económico?

En su ensayo El final de la poesía, Hans Magnus Enzensberger reflexiona acerca de las relaciones entre los lectores y la poesía, y afirma, con mucha razón, esta curiosa verdad, “hasta donde sabemos, la poesía es el único medio masivo cuyos productores exceden en número a sus consumidores”. Para concluir: “la poesía ha resultado ser incompatible con las leyes generales del mercado”.

En efecto, podemos considerar a la poesía como una verdadera reserva ecológica en el mundo devastado del libre mercado, porque como objeto de consumo la poesía prácticamente no existe. Y ya que hablamos en este punto de las relaciones entre poesía y pobreza en su aspecto más banal, en su dimensión más sorda, aquella que tiene que ver con el dinero, tal vez deberíamos preguntarnos: ¿qué pagan un editor o un lector cuando pagan por un poema? En otras palabras: ¿qué es lo que realmente compra alguien cuando compra un libro de poemas? ¿Acaso compra algo?

En cierto sentido, habría que responder que no compra nada. Al menos nada exclusivo. Nada tangible. Nada que parezca realmente necesario. Nada que no se pueda copiar a mano o saber de memoria. Unos microgramos de tinta, unas cuantas páginas de papel impreso, un poco de aire con música, algunas imágenes evanescentes… en pocas palabras, nada. Si seguimos esta cínica manera de pensar, no queda más remedio que preguntar: ¿entonces por qué habría de destinar la sociedad una determinada suma de dinero a quienes han decidido dedicar su vida a la insensata labor de escribir poemas?

Vemos, pues, que no es posible soslayar el factor económico en la literatura, y, sobre todo en la poesía, cuando se trata de examinar las relaciones que existen entre ésta y la pobreza. Máxime cuando se trata, como es el caso de nuestro país, de una comunidad enferma que cuenta con un gobierno que, más que buscar la cura definitiva a sus enfermedades, las agrava con frecuencia y, peor aún, en muchos casos, tristemente, las genera. Una comunidad donde los índices de analfabetismo siguen siendo muy altos, por más que la poesía no requiera, necesariamente, de la palabra escrita para su existencia.

Aunque en muchos países -entre ellos México- estas severas limitaciones se ven, a veces, y sólo para un grupo muy reducido de poetas, parcialmente paliadas mediante un complejo y criticable sistema de becas y apoyos a la creación, hay que reconocer que el dinero puesto en juego de esta manera no deja de producir efectos secundarios que, en muchas ocasiones, son más nocivos aún que el mal que intentan contrarrestar. En todo caso, todos estos programas culturales no logran cumplir con lo que sería lo más deseable: que el poeta pudiera vivir de su trabajo.

Y es que son muchas y muy serias las limitaciones que padecen la poesía y los poetas en este aspecto. Estas limitaciones afectan tanto a los ya de por sí escasos lectores y posibles compradores de libros de poesía o de periódicos y revistas donde se publican poemas, como a los propios autores. Para los poetas no hay dinero porque la poesía no se vende. Y no se vende, en primer lugar, y al margen de otras razones, porque no tiene nada que vender.

Porque ya hemos dicho que, muchas personas piensan que si compran poesía, no compran nada. Que es, también, por supuesto, una manera de reconocer que la poesía no sirve para nada. Pero, ¿no será más bien que la poesía sirve, justamente, para hacer que esa nada suceda? Poetry makes nothing happen, decía W. H. Auden, que más que significar: “la poesía no hace pasar nada”, significa: “la poesía hace que la nada suceda”. Y esta nada es muy importante. Por eso, en una ocasión, cuando le preguntaron a Kodo Sawaki Roshi, maestro de zen: “¿Qué caso tiene la meditación?” él contestó: “Ninguno, la meditación es absolutamente inútil; pero si no haces esto que es perfectamente inútil, entonces tu vida sí que será perfectamente inútil.”

Esta inutilidad de la poesía (y, cabe decir, también del arte, la meditación, el juego, y tantas otras actividades humanas gratuitas), esta capacidad que la poesía tiene para hacer que nada suceda, que la nada suceda, para que nunca no se nos olvide que esa nada es muy importante, para recordarnos la nada que esencialmente somos, es una de las dimensiones más profundas, auténticas y entrañables de su pobreza. Una cuarta modalidad que apunta al corazón de la poesía.

Una quinta modalidad de las relaciones entre la poesía y la pobreza, consistiría en aquello que Breton llamó La miseria de la poesía. Misère de la poésie es el título de un texto escrito por Breton para defender a su viejo amigo, y compañero de aventura surrealista, el poeta Louis Aragon, de las persecuciones que se habían desatado en su contra tras la publicación de un extenso poema llamado “Front rouge”, que había escrito en Rusia y que fue publicado en la revista Littérature de la Revolution mondiale. En 1930 Aragon acababa de ser inculpado no tan sólo de “incitación a la desobediencia de los militares” sino de “provocación al asesinato como objetivo de la propaganda anarquista”.

Paradójicamente, esta defensa apasionada que André Breton hizo de Aragon (y más allá de las reservas que después formularía el mismo Breton con respecto al “espíritu y la forma del poema”), acabó por precipitar el rompimiento entre ambos escritores, así como el distanciamiento inevitable entre el anhelo de libertad total de la poesía -y en esto, hay que reconocer que el jefe máximo del surrealismo fue, a lo largo de toda su vida, incorruptible- y las aspiraciones de control total de un partido o de un régimen, como sucedió en este caso con el comunismo soviético estalinista.

Así que, como dice Gautier al hablar de Baudelaire: “Sin pensar en lo económico, veamos a qué desolada existencia se entrega el que avanza por esa calle de la Amargura que es la profesión de las letras. A partir de este momento, pasa a ser una sombra doliente en medio de la humanidad febril.” Pensando en esto es que Breton dejó dicho en el Primer manifiesto del surrealismo: “la literatura es uno de los más tristes caminos que llevan a todas partes.”

Esta dimensión de pobreza de la poesía -o de miseria, como la vio Breton- tiene que ver con una fisura o, quizá, con una verdadera fractura entre el mundo de todos los días, “real”, encarnado aquí en su dimensión más espesa por el mundo de la real politik, y el mundo de la poesía, y del arte en general, fatalmente escindido de la vida cotidiana del hombre común y corriente por una sociedad, y en una sociedad, que tiene puestos sus ojos en los objetos de consumo y sus promesas de satisfacción inmediata mucho más que en las sutilezas de la palabra al servicio del espíritu, y que, en consecuencia, ha decidido enfocar sus “más altas” aspiraciones en otra cosa.

Sin embargo, no hay motivo de queja, a menos que aceptemos la propuesta de Rimbaud: “si me quejo, es sólo otro modo de cantar”. Y si André Bretón afirmó que la literatura es uno de los caminos más tristes para llegar a cualquier lugar, yo, por mi parte, digo: la poesía es el camino más corto para llegar hasta aquí. Este es nuestro único refugio: saber que no hay refugio. He aquí una sexta modalidad de la poesía y la pobreza. Nuestro mejor consuelo es estar absolutamente reconciliados con el hecho de saber que no hay consuelo. Porque el poeta no es alguien necesitado de consuelo, todo lo contrario; como lo aseguró Lautréamont: “un poeta es el que consuela a la humanidad”.

Todo oculta un alimento para el alma y aun la existencia más miserable en apariencia tiene su secreta nobleza. Está en nosotros el descubrirla, el reconocerla, el crearla. Esta es la altura, la dignidad de la poesía. “Si tuviéramos bastante amor -canta Vildrac- bastaría una mata de hierba o un canto de pájaro para transfigurar el paisaje más pobre.” He aquí claramente expresado el que, tal vez, podríamos considerar como el artículo esencial del credo de la poesía: afirmar que, ya que no hay riqueza, no tenemos más remedio entonces que hacer de esta pobreza nuestro tesoro. “La ausencia es la madre de todos los poemas.”

Por último, una séptima línea de especulación, distinta de las anteriores, que también se acerca a tratar de leer y comprender las relaciones entre la pobreza y la poesía, se abre ante nuestros ojos. Es una línea que atiende ya no tanto a las condiciones de pobreza, o de auténtica miseria, que nuestro mundo actual le ofrece a la poesía (y, por lo tanto, a los poetas, y que son, desde luego, las más fáciles de observar), cuanto a ciertas condiciones intrínsecas, propias de la misma poesía. Condiciones que nos obligan a reconocer que en la práctica de la poesía existe una dimensión de pobreza original.

Esta dimensión de profunda pobreza de la poesía es la que le otorga su más alto grado de dignidad, y tiene que ver con la trágica condición humana, con el contraste que existe entre la envergadura de los anhelos de la poesía y la aguda pobreza de sus medios para realizarlos, con la flagrante desproporción entre las aspiraciones del hombre y los límites materiales, individuales, de su vida. Una pobreza que, no debemos olvidarlo nunca, es en realidad “una fértil miseria”, tal como la ha calificado el poeta Alvaro Mutis.

¿Y qué mayor desproporción podemos invocar que aquella que se incuba en el corazón mismo de la poesía y a la cual debe la más íntima e irrevocable dimensión de su miseria: decir con palabras lo que las palabras no pueden decir; expresar con los medios conocidos lo que no conocemos; convocar al misterio mediante la utilización del material, en muchos sentidos, más manoseado y deleznable de todos los que las artes usan: el lenguaje?

Porque no debemos olvidar nunca que el poeta trabaja con las mismas palabras que utilizan los zafios políticos para sus discursos demagógicos; las mismas que emplea la publicidad para vender lo que sea, como sea y a quien sea; las mismas palabras que circulan como moneda corriente en las calles, los mercados, las iglesias, los bares, los bancos, los burdeles y los hospitales; las mismas que utilizan los amantes para jurarse amor y los jurados para sentenciar a cadena perpetua a un criminal; las mismas a las que apela una madre para calmar a la criatura que despierta temblando por las visiones de una pesadilla y las que usan los criminales para aterrar a sus víctimas.

Palabras que pertenecen a un idioma en particular y, por lo tanto, a una sociedad, una historia y un paisaje. Palabras que tienen que ser traducidas a otros idiomas para que aquellos lectores -que son la mayoría- que no conocen el idioma original puedan disfrutar de las creaciones de los poetas de otras latitudes y otras épocas. En este sentido, la poesía padece la miseria de ser la más provinciana de las artes; la más localista; la más limitada por su materia prima. Pero esta misma condición “provinciana” puede ser una bendición encubierta: después de todo, no existe en la poesía (y sí en otras artes) un “estilo internacional”.

“Mi lenguaje -decía Karl Kraus- es la puta universal a quien tengo que convertir en una virgen.” He aquí, expresadas de la manera más sucinta y brutal, la pobreza y la dignidad de la poesía. Y es que, tanto la gloria como la vergüenza de la poesía radican ambas en que su medio de expresión no es de su propiedad privada. Aquí no existen cotos de caza privados. Pero es en esta íntima dimensión de pobreza de la poesía donde radican también, por paradójico que parezca, sus incomparables posibilidades de salvación.

Y es que, por más solitario que viva un poeta, por más aislado que se encuentre, por menos reconocimiento y lectores que tenga, y por más enrarecida que sea su atmósfera -bien sea ésta política, económica, psicológica, social, emocional o espiritual- siempre estará trabajando con las palabras. En este sentido, un poeta siempre ha estado, está y seguirá estando, rodeado de los demás, inmerso de lleno en el mundo, hablando en voz alta a su prójimo -”hipócrita lector, mi igual, ¡hermano mío!”- a la mitad de la plaza. Diciéndole, recordándole, que la pobreza de la poesía no es sino nuestra propia pobreza, y que la dignidad de la poesía radica en la cabal aceptación de estos límites para trascenderlos mediante el arte de inventarnos por la palabra, de volvernos seres humanos, de hacernos un alma.


Alberto Blanco

Poeta, ensayista y traductor, nació en la ciudad de México en 1951. Cursó estudios universitarios de Química y Filosofía en la UIA y en la UNAM, respectivamente, y de maestría en Estudios Orientales, en el área de China, en El Colegio de México. Su primera publicación en una revista data de 1970. Fue coeditor y diseñador de la revista de poesía “El Zaguán” (1975-1977), y becario del Centro Mexicano de Escritores (1977), del INBA (1980) y del FNCA (1990). En 2001 recibió la Beca de Poesía “Octavio Paz”. Ingresó en 1994 al Sistema Nacional de Creadores.

A la fecha ha publicado 25 libros de poesía, diez libros y cuadernos con sus traducciones del trabajo de otros poetas y otros tantos libros de cuentos y poemas para niños, varios de los cuales han sido ilustrados por su esposa Patricia Revah. Su trabajo ha sido traducido a una docena de idiomas: inglés, francés, alemán, portugués, italiano, holandés, ruso, japonés, húngaro, búlgaro, rumano, sueco y danés.

Existen tres antologías de sus poemas: “Amanecer de los sentidos”, publicada por el CNCA en México en 1993; “Dawn of the Senses”, una antología bilingüe publicada por City Lights, en San Francisco, en 1995; y “De vierkantswortel van de hemel, Gedichten”, traducción al holandés de Bart Vonck, publicado por Wagner & Van Santen, Holanda, 2002.

Por su parte, el Fondo de Cultura Económica publicó en 1998 en su serie mayor de Letras Mexicanas bajo el título de “El corazón del instante”, una reunión de doce libros de poesía que abarca 20 años de publicaciones (1973-1993) y 25 años de escritura (1968-1993), y que va desde “Giros de faros” hasta “Antes De Nacer”.

Sus ensayos sobre artes visuales se encuentran publicados en una gran variedad de catálogos y revistas y han sido reunidos por el CNCA en un solo volumen: “Las voces del ver”, de la cual se ha hecho una serie de televisión. Ha trabajado también con muchos de los principales pintores y artistas visuales de México –Gunther Gerzso, Vicente Rojo, Francisco Toledo, Rodolfo Morales, Gabriel Macotela, Manuel Marín, Susana Sierra, etc.- haciendo carpetas y libros.

Su trabajo visual, centrado sobre todo en el collage, el dibujo y la acuarela, ha ilustrado un gran número de publicaciones y ha participado en exposiciones colectivas e individuales, tanto en México como en los Estados Unidos.

Participó en los años setenta y ochenta en los grupos de rock y jazz La Comuna y Las Plumas Atómicas. Hasta la fecha sigue tocando el piano y componiendo.

En 1988 recibió el Premio de Poesía “Carlos Pellicer” por su libro “Cromos”, y en 1989 el Premio “José Fuentes Mares” por “Canto a la sombra de los animales”, libro que reúne poemas suyos con dibujos de Francisco Toledo. En 1996 “También los insectos son perfectos” recibió en Holanda el Diploma “Honor List de IBBY”. En 2002 recibió el premio “Alfonso X, El Sabio”, que otorga san Diego State University a la traducción literaria.
Entre sus libros más recientes se encuentra su segundo ciclo de doce libros de poesía publicado en el 2005 dentro de la colección de Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica: “La hora y la neblina”, y “Música de cámara instantánea”, un libro publicado por los Cuadernos de Pauta que dirige Mario Lavista, y que reune 52 poemas dedicados a otros tantos compositores de música clásica contemporánea.

sábado, 19 de junio de 2010

MUERE NOVELISTA JOSE SARAMAGO

MUERE A LOS 87 AÑOS EL ESCRITOR PORTUGUÉS Y PREMIO NOBEL DE LITERATURA JOSÉ SARAMAGO

*El Nobel portugués ha fallecido este viernes en su domicilio de Tías, en

*Lanzarote, como consecuencia de una leucemia crónica.

*Fue el primer escritor portugués en ser galardonado con el Nobel.

*Saramago preparaba una novela sobre la industria del armamento.

El escritor portugués y Premio Nobel de Literatura José Saramago, ha fallecido este viernes a las 13.45 horas (hora peninsular española) en su casa de Lanzarote a los 87 años de edad a causa de una leucemia crónica, según ha confirmado su editorial a 20minutos.es. Saramago se convirtió en 1998 en el primer autor luso en ser galardonado con el Nobel de Literatura. Sus restos mortales serán incinerados en Portugal y una parte de sus cenizas se depositarán en su pueblo natal, Azinhaga, y otra parte se enterrará junto a un olivo de su casa de Lanzarote, informaron fuentes familiares.

Murió acompañado de su familia, despidiéndose de una forma serena y plácida La muerte se produjo pasadas las 13.00 horas (hora peninsular), cuando el escritor se encontraba en su residencia canaria, acompañado por su mujer y traductora, Pilar del Río. José Saramago había pasado una noche tranquila. Tras desayunar con normalidad y haber mantenido una conversación con su esposa, comenzó a sentirse mal y al poco tiempo falleció tras sufrir un fallo multiorgánico. El escritor, según indicó la Fundación que lleva su nombre en un comunicado, "murió acompañado de su familia, despidiéndose de una forma serena y plácida".

"Cuando eres seguidor de un autor su pérdida siempre te pilla fuera de guardia", ha lamentado en RNE la ministra de Cultura, Ángeles González Sinde, sobre la muerte del autor, al que ha calificado de "un hombre muy de izquierdas, muy comprometido hasta el último momento". "Con sus obras, muchos españoles hemos vuelto la mirada hacia Portugal", ha dicho la titular de Cultura, que ha destacado que en sus páginas "ética y estética van de la mano".

De cerrajero a Premio Nobel

Nacido el 16 de noviembre de 1922 en Azinhaga, una aldea de Ribatejo (Portugal), José de Souda era más conocido por el apodo de su familia paterna, Saramago, y el funcionario del Registro Civil añadió ese apellido al inscribirlo. Antes de dedicarse de lleno a la literatura y de convertirse en uno de los mejores novelistas del siglo XX, Saramago trabajó en oficios como los de cerrajero, mecánico, editor y periodista. Fue director adjunto del Diario de Noticias, de Lisboa.

En 1947 publicó su primera novela, Tierra de pecado Pero su mayor ilusión era ser escritor. En 1947 publicó su primera novela, Tierra de pecado. Por esa época prendió en él la conciencia política que siempre le acompañó y que le llevó a afiliarse en 1969 al Partido Comunista Portugués. Tras un largo silencio de casi veinte años, en los que estuvo sin publicar porque no tenía "nada que decir", Saramago se atrevió con la poesía entre 1966 y 1975 y publicó Poemas posibles, Probablemente alegría y El año de 1993.

En los años ochenta volvió al teatro con ¿Qué haré con este libro? (1980), el relato Alzado del suelo (1980-Premio Ciudad de Lisboa) y el libro de viajes Viaje a Portugal (1981). Con estas obras Saramago había sentado ya las bases para ese mundo propio que fue construyendo libro a libro, y en 1982 le llegó la fama mundial con Memorial del convento que le valió el Premio del Pen Club Portugués, galardón que volvió a ganar en 1984 con El año de la muerte de Ricardo Reis, también reconocida con el Premio Dom Dinis de la Fundación Casa de Mateus.

A partir de ahí su prestigio se fue consolidando con títulos como La balsa de piedra (1986), llevada al cine en 2002 por el director holandés George Sluizer y que protagonizaron Federico Luppi, Icíar Bollaín y Gabino Diego; la pieza teatral La segunda vida de Francisco de Asís (1987); e Historia del Cerco de Lisboa (1989). En 1991 publicó la novela El Evangelio según Jesucristo, muy criticada por el Vaticano y objeto de un polémico veto en 1992, cuando se retiró de la lista de candidatas al Premio Literario Europeo para el que había sido seleccionada por un jurado del Pen Club de Portugal y la Asociación de Críticos literarios portugueses. A pesar de todo, esta obra recibió el prestigioso Premio de la Asociación de Escritores de Portugal (1992).

Caín, publicada en 2009, es la última novela del escritor Tras publicar su cuarta obra de teatro, In nomine Dei (Gran Premio de Teatro de la Asociación Portuguesa de Escritores), entró a formar parte del Parlamento Internacional de Escritores. El año 1995 fue especial para él, con la obtención del Premio Camoens al conjunto de su obra y la publicación del Ensayo sobre la ceguera, primera entrega de su trilogía sobre la identidad del individuo, que continuó con Todos los nombres (1998) y cerró con Ensayo sobre la lucidez (2004).

Sus innegables méritos como novelista fueron por fin reconocidos en 1998 con el Premio Nobel de Literatura, que le otorgaron por haber creado una obra en la que "mediante parábolas sustentadas con imaginación, compasión e ironía, nos permite continuamente captar una realidad fugitiva".

En los últimos años, Saramago no dejó pasar demasiado tiempo entre novela y novela. Fruto de esa urgencia por contar fueron sus novelas La caverna (2000); El hombre duplicado (2002); Las intermitencias de la muerte (2005); Las pequeñas memorias (2006); El viaje del elefante (2008); y Caín (2009), la última novela de este gran escritor. Entre sus obras figuran también los autobiográficos Cuadernos de Lanzarote I y II (1997 y 2001).

Saramago era consciente del poder que tenía la red para difundir cualquier idea, y en septiembre de 2008 comenzó a
publicar su blog, titulado El cuaderno. Fue "un espacio personal en la página infinita de Internet", según sus palabras. El escritor dedicaba su último 'post', Ni leyes, ni justicia, al juez Baltasar Garzón.

La muerte le sorprendió cuando preparaba una novela sobre la industria del armamento y la ausencia de huelgas en este sector, o al menos esa era la idea que quería desarrollar, según dijo cuando presentó Caín en noviembre de 2009.

jueves, 3 de junio de 2010

RESPUESTA DEL DIRECTOR DE TRIPLE LLAMA A UN DISCURSO ABERRANTE Y DOGMÁTICO.

RESPUESTA DEL DIRECTOR DE TRIPLE LLAMA A UN DISCURSO ABERRANTE Y DOGMÁTICO.

EL AUTOR QUE LE CUESTIONO CREE SOLAMENTE EN UNA SOLA LÍNEA DE PENSAMIENTO Y EN UN SOLO SISTEMA POLÍTICO ÚNICO Y ETERNO: EL SOCIALISMO.

LEAN LA RESPUESTA:

Por Pedro Ovalles

Estoy en parte de acuerdo con el discurso enviado, pero no es menos cierto que se nota cierta aberración y fanatismo, por lo que estas categorías epistemológicas son tan dañinas como lo mismo que su disertación censura como peste humana.

Cuando un sujeto cualquiera se aferra ciegamente a una sola línea de pensamiento, tanto en el Capitalismo como en el Socialismo, surge la cerrazón, los genocidios, las censuras, las persecuciones por no creer que el mundo nunca podrá ser de un solo color, y que en la diversidad hay que saber vivir en solidaridad, equidad, participación y democracia; claro está, con humanidad, que es lo que en el Capitalismo no hay, por el grado de injusticia social que existe.

La falta de equidad es lo que caracteriza el Capitalismo, entre otros asuntos más. Pero lo que quiero resaltar es que todo sistema de pensamiento que postule que el mundo debe ser de un solo color, fracasa, como fracasó el Socialismo Ortodoxo al estilo de Stanlin. ¿No fue éste un dictador genocida?

TRIPLE LLAMA cree en la libertad estética e ideológica como forma de potenciar la creación a todas anchas. Toda opresión es repudiada venga de donde venga.

En el Capitalismo, los de abajo (desposeídos de bienes de producción) estamos oprimidos por los de arriba (oligarcas: dueños absolutos de los bienes de producción; controlan el poder político y económico; imponen la razón de Estado; manejan a las masas de acuerdo a sus intereses producto del grado de enajenación de éstas); pero no es menos cierto que hay que entender la Dialéctica. ¿Por qué Silvio Rodríguez y Pablo Milanés abandonaron a Fidel Castro y a Raúl su hermano, o sea, desertaron de Cuba? Éstos (Fidel y Raúl) deben dejarse relevar; no son eternos; no son dioses; hay una nueva generación en la patria de José Martí que puede dirigir y potenciar el Socialismo con otro brillo al estilo de estos tiempos sin claudicar con el Imperialismo. No estamos en los años 60, ni en los 70, ni en los 80, ni en los 90. Estamos en la segunda década del siglo XXI.

El anquilosamiento del pensamiento es natural en los seres humanos que se dejan atrapar por el dogmatismo y algunos fanatismos siempre en boga, porque así se les hace más fácil justificar lo siguiente: no tienen que actualizarse, ni leer, ni estudiar ya más, ni transformar su pensamiento, ni trascender la realidad, las cosas, los fenómenos y ellos mismos como sujetos; en fin, repiten constantemente estereotipos, ideas manidas, obsoletas, antiguas, caducas, ya reemplazadas, inoperantes, desfasadas. Esos sujetos son tan peligrosos como los que ellos mismos combaten. Cuando toman el poder, actúan iguales que los más opresores tiranos que han existido en toda la historia de la humanidad.

¿Qué es eterno? ¿Qué es inamovible? ¿Qué no cambia? Absolutamente nada, respondo yo. Pues todo cambia, todo está en movimiento. El pensamiento, al igual que cualquier otra categoría física o epistemológica, cambia, se transforma, y esto es posible porque los seres humanos somos únicos e irrepetibles, y nunca podrán reducir al género humano a una sola línea de pensamiento. Lo contrario no es más que un discurso de deseo que esconde su propia mordaza: oprime porque no entiende la diversidad y los signos y símbolos actuales. No ven más allá de su nariz. Son cortos de miras. Tienen ceguera visionaria. Se les ha secado el oasis de su reflexibilidad. Su subjetividad es un desierto.

Somos partidarios de un Socialismo no ortodoxo, sino humano, equitativo, o sea justo, donde lo humano sea el norte a seguir. Estoy con Chávez, con el Presidente de Brasil, de Bolivia, de Ecuador. Y hasta Chávez ya huele a dictadura. Creemos en un mundo multipolar.

Somos partidarios de la diversidad, el libre culto de las ideas, la libertad en las creencias, siempre que no afecte la integridad física y moral de otros. Hay que saber navegar dentro de las contradicciones, el choque de ideas. Repito: el mundo nunca podrá ser de un solo color; no podemos pensar igual todos; siempre seremos diferentes, diversos, únicos e irrepetibles. Y siempre el mundo será así: variopinto, múltiple, siempre distinto; el cambio es lo que más lo caracteriza.

Odio todo dogmatismo, cerrazón, anquilosamiento del pensamiento, fanatismo, terrorismo de izquierda o de derecha; en fin, censuro la masacre de Israel contra el indefenso pueblo de Palestina; pero censuro el otro terrorismo y fanatismo de los islamistas, hebreos: creen que nosotros los cristianos somos diablos, demonios.

¿Quién tiene la verdad? ¿Mahoma? ¿Cristo? ¿Buda? Para nosotros los cristianos occidentales, es Cristo. Para los hebreos islamistas del Medio Oriente, es Mahoma. Y para los asiáticos del Budismo, su profeta es Buda. ¿Quién tiene la autoridad divina de dictaminar el que tiene la verdad? ¿Quién es poseedor de la verdad? El cristiano va a decir: Cristo. El islamista va a decir: Mahoma. Y el budista va a decir: Buda.

Hay que comprender: ya no hay ni puede existir sistema de pensamiento único. Repito: es en el siglo XXI que estamos. ¡Hay que despertar!

Yo sé que ese conflicto israelí-palestino no tan sólo tiene origen por asuntos religiosos. ¡Claro que no! Pero quién niega que los islamistas son fanáticos con eso de la religión, y que a nombre de su dios han cometidos atrocidades y genocidios.

Seamos más abiertos, más flexibles. En fin, vuelvo y repito, hay una parte del discurso que oí (la disertación fue enviada en audio) que no comparto y es natural que todos no pensemos iguales.

Yo respeto ese juicio, pero a mí hay que respetarme el mío. Que alguien cree que estoy equivocado; bueno, amigos y amigas, por eso no se me debe arrancar la cabeza; simplemente seguir utilizando el lenguaje para convencerme.

Si no me convencen, no va a pasar nada. Por eso no se va a terminar el mundo, mucho menos no nos vamos a morir. Pero si resulta que logren sumarme a su línea de pensamiento, tampoco por eso nos vamos a salvar, vamos a volvernos todos millonarios, o eso significa que ya el mundo se arregló, encontró la solución a todos sus problemas.

Cuando el lenguaje se deja de usar, se usan entonces instrumentos de torturas o de genocidios, o de opresión, y eso es condenable tanto de un lado como del otro.

Concluyo: si en algo estamos de acuerdo es en repudiar, combatir y erradicar la cruel inhumanidad del Imperialismo Norteamericano o de cualquiera otra nación que haga lo mismo a nombre de cualquier causa que entienda; la injusticia o la desigualdad social venga de donde venga debe ser inaceptable y combatida a la vez. Salud, amigo, y un próspero Año Nuevo 2010.

TRIPLE LLAMA: siempre creyendo en un mundo donde sea real el respeto a los derechos humanos y exista verdaderamente justicia social sin discriminación alguna.

miércoles, 2 de junio de 2010

FINGIDO SUMISO


Las melancolías encarceladas

por el mar de mis anhelosgritaron

a la infinita presenciade una perenne

memoria idílica.Coleccionaron mis

esperanzas,desvistieron todos los sueños

perdidos en el tiempoy vendieron colores

al grisáceo recuerdode todos mis inexistentes

olvidos.Como una cascada de soledadaparece

una diáfana miradajunto al litoral

de una consonancia que recorrió los

ríos de vaga incertidumbre,los que en

algún inexacto momentocircularon por

las nubes de amistad,escondidas en el más

recóndito amanecer de mis lunas.

Una taciturna frase transitó por

mi conciencia vociferando la llegada

del legendario aroma de aquellos sombríos ojos,

que con nostalgia desprendieron esa

mirada por todo mi acaecido existir,siendo

testigo de una colina de pasiones

baldías,de costados sin principio ni fin,

de torrentes de amargura acampando

en ese corazón y estúpidos deseos

recorriendo tan grotesca psiquis infestada

de las garrafales primaveras de odioque

conforman el contingente espécimen de

quien dice llamarse un inocente sujetode

un desatinado acontecimiento de amor.